Empiezo con una cita:

“(…) La principal fuente de riqueza en el mundo contemporáneo es el conocimiento. Con la palabra ‘riqueza’, designo tanto a bienes materiales como inmateriales. Sin embargo, el nivel de riqueza de un país no depende solamente de cuánta riqueza poseen, de modo general, sus habitantes; sino de qué manera esa riqueza los satisface, es decir, cuánto bienestar produce. Un país rico es aquel que posee un alto nivel de satisfacción de sus habitantes respecto de sus condiciones de vida. A partir de estas observaciones básicas, se sigue que todo país que se proponga salir victorioso de la lucha contra la pobreza debe impulsar, con especial energía, el área del desarrollo científico y tecnológico”.

La cita es de la Introducción al libro de Eduardo Ísmodes, “Países sin futuro”. La premisa central del libro es simple: para que el país desarrolle, su comunidad intelectual y de investigadores tiene, de alguna manera, que tornarse “autoconsciente” de su propia responsabilidad y posibilidades, y la sociedad en general, y la clase gobernante en particular, debe tomar consciencia de la importancia de la investigación (a la cual Ísmodes agrega el desarrollo y la innovación como pilares fundamentales) como la inversión más importante para generar valor y recursos para el país.

Sus apreciaciones son de tanta mayor importancia cuando nos encontramos haciendo una entrada forzada a la sociedad de la información, sin estar debidamente preparados para ello en múltiples dimensiones. Antes he reflexionado ya un poco sobre nuestra condición tercermundista, definiéndola principalmente no tanto como una cuestión material, sino ideológica: el hecho de que, intelectualmente, hemos aceptado un rol de consumidores de información y conocimiento, repitiendo las enseñanzas que vienen de lugares “más dignos” como norma y canon y limitándonos a darle vueltas a lo mismo sin atrevernos mucho a brindar nuestro propio aporte. En todo caso, es esta la percepción que en términos muy generales -y ciertamente con excepciones- he sacado yo personalmente de mi formación.

Es un tanto complicado trazar vínculos directos entre la propuesta concreta del Ingeniero Ísmodes y la filosofía: aún no hemos, o he, logrado definir con claridad qué tipo de productos filosóficos son los que manufacturamos a partir de los cuales poder deslindar o incorporar una serie de procesos productivos como pueden ser el desarrollo y la innovación (y anticipo que por una concepción tal mucha gente me odiará, pero así es la vida). Pero una serie de conexiones saltan a la vista, entre lo esbozado de su propuesta y lo esbozado de nuestra condición ideológica, intelectual o filosófica, y esto es que nos hemos detenido muy poco a realmente pensar el Perú.

Aquí, en principio, una declaración de ignorancia. No sé nada de filosofía peruana, pensamiento peruano en general, y conozco muy poco respecto a aportes propiamente peruanos al conocimiento. Mi ignorancia es enciclopédica, robándole una genial expresión a un maestro. Y me parece terrible, y admito mi ignorancia con vergüenza pero con algún tipo de propósito de enmienda.  En general, valoramos muy poco nuestros referentes ideológicos más cercanos, considerándolos de poca monta, poco relevantes o, simplemente, reciclajes de propuestas importadas y mal comprendidas. Bien podría ser así, pero me atrevo a suponer que, cuando menos en algunos casos excepcionales, no es así el caso. Al mismo tiempo, sé que ignoro del aporte de gran cantidad de filósofos, sociólogos, antropólogos, historiadores, literatos, y demás especialistas que se han dedicado a recoger y acumular conocimiento sobre nuestra realidad inmediata y con ella ir recopilando las piezas para armar un enorme rompecabezas que hasta ahora no tiene ningún sentido.

Nos hacen falta más experimentos, más propuestas osadas y que quizás encuentren luego no tienen ningún sentido, saltos al vacío y propuestas intuitivas que busquen algún tipo de corroboración. De todo ello, la gran mayoría caerá por su propio peso, pero unos pocos quedarán y resaltarán, sentando nuevas bases y brindando nuevos elementos de juicio, peldaños a partir de los cuales repetir el mismo proceso. Es sabido que uno aprende más de sus errores que de sus aciertos, y sin embargo nos hemos acostumbrado a la censura colectiva de una cultura que nos exige dar siempre respuestas brillantes e iluminadas, que nos demanda tener siempre entre manos la Verdad última, en lugar de pequeñas verdades que pululan y causan destrozos mientras logramos controlarlas. Es, quizás, en este proceso más dinámico y más vivo que puede tener lugar un proceso de investigación, desarrollo e innovación, aunque de nuevo mucha gente me odiará por decir algo por el estilo. Muchos me odiarán por la sola idea de sugerir que la filosofía no es una búsqueda por la verdad última, que no es una actividad más digna o superior a los asuntos del mundo, pero mi realidad sincera es que no considero que lo sea.

Pienso en la filosofía como una actividad mundana más, que nos brinda herramientas conceptuales con las cuales poder desarmar y entender mejor los problemas del mundo y de nuestras realidades. Herramientas no tanto materiales como formales que se utilizan en la aproximación hacia los problemas. No desmerezco ninguna otra manera de concebirlo: quien esté en desacuerdo conmigo, entienda que no ataco la forma de vida del filósofo como es tradicionalmente entendida, la considero perfectamente legítima y válida. Simplemente no la comparto. A mí, personalmente, no me alcanza.

Y mientras tanto, ¿qué hacemos? Pensamos el Perú. En cualquiera de sus dimensiones. Trazamos vínculos, redescubrimos el contenido y el conocimiento que ya existe, perdido en múltiples lugares. Una de las cosas que más se necesita es una reforma formidable en la gestión del conocimiento de todo nuestro mundo cultural y académico. Tenemos que derribar una serie de barreras y prejuicios, tenemos que ampliar el alcance de una serie de conceptos. Tenemos que ponernos a discutir más sobre todo esto. Sobre todo, tenemos que atrevernos a proponer ideas extrañas y nuevas, aunque vayan a enfrentarse con un muro de piedra, con la censura totalitaria, incluso aunque signifiquen el ser exiliados de la polis.

Si consideran que algo así es posible, los invito a participar. Los invito a involucrarse, a plantear ideas locas, a conversar y a discutir un poco más, aunque se trate de cuestiones sencillas. A dejar de lado pretensiones de universalidad y fundamentalismo, y simplemente “ver qué pasa”. Quizás, y esto ya como complemento, los invito a formar parte de las invasiones bárbaras.