A pesar de que estoy terminado ya casi mis estudios de pregrado en filosofía, aún no sé realmente para qué me sirven. Pero de alguna manera sé que me sirven para mucho, y de hecho, he tenido la oportunidad de probarlos en diversos contextos y situaciones que me han mostrado que más allá de lo que uno esperaría, la filosofía le brinda a uno la posibilidad de adentrarse con mayor profundidad de análisis a los problemas y encontrar relaciones y elementos que antes no habían estado allí.

Dicen que la filosofía inventa problemas, y es totalmente cierto. Justamente, al introducirse en el análisis de las cosas (situaciones, ideas, conceptos, o lo que fuera) y encontrar relaciones internas nuevas y, a menudo, problemáticas, lo que hace es inventar problemas. Sólo que a menudo no se toma la molestia o no da ese paso extra de la identificación del problema, al planteamiento de una solución, a la ejecución de esa solución. Y es que, sí, lamentablemente somos terribles ejecutores.

Más allá de eso, los problemas que pueden enfocarse no son sólo metafísicos u ontológicos (sea lo que sea que eso signifique). No hay tal cosa como problemas filosóficos, sólo problemas y filosofía, y maneras de juntar ambos. Así, puede enfocarse la epistemología o la política, los medios de comunicación, la cultura, los negocios, la economía, la música, el transporte público, el sistema educativo, el marketing, el capitalismo, la promoción de la lectura, en fin, prácticamente cualquier cosa, creo, podría ser legítimamente un problema filosófico.

Creo que mi problema con la filosofía es que, cuando uno empieza así a ver las cosas, empiezan a verlo a uno menos filosóficamente. Pero no veo por qué eso habría de ser un problema.