Mi amiga Sara del blog Algarrobina relata esta noche la terrible historia de terror sucedida la tarde de ayer en la Plaza Mayor de Lima, cuando fuerzas policiales reprimieron una protesta pacífica contra la pena de muerte frente a Palacio de Gobierno (recuérdese que la iniciativa a favor de la pena de muerte ha sido terca y caballolocamente liderada por el presidente Alan García, presidente de pacotilla). De su relato:

Se formo una numerosa línea policíaca que nos empujo hasta una amplia calle cuyo fin es una reja, nadie entendía porque se nos violentaba de ese modo si la intención era expresar nuestra opinión de modo pacifico como lo hicieron nuestros compatriotas una semana antes. Amigas y amigos junto con las demás personas ahí presentes fueron literalmente agarrados a palos, objetivamente por tan solo ir a pararse en la plaza mayor de nuestra ciudad. No hubo respeto por nadie, arrinconaron gente en la reja para golpearla con una brutalidad que no había tenido el disgusto de presenciar y se supone que “a la policía se la respeta” que clase de autoridad es esa que hace uso y abuso de su posición, casco, escudos y palos para enfrentarse a hombres y mujeres armados con su solo deseo de manifestar que no queremos que se ponga en vigencia una ley que avale la aplicación de la pena de muerte pues consideramos que eso no es justicia sino barbarie.

Creo que con esto hemos trascendido por completo cualquier límite de lo aceptable. Cobarde, infame reacción de las fuerzas de un supuesto orden: “no queremos que el país se nos desordene”, dijo el pacotillero, y en efecto cumplió su palabra. ¿Quién habría pensado que se refería a disuadir y reprimir opiniones disímiles, posturas contrarias a las del gobierno de turno (turno que acaba de volvérseme insufriblemente lejos de terminar)? Víctor Raúl Haya de la Torre, pensador peruano ilustre y reconocido, se revuelca en su tumba trujillana junto a la memoria del partido que alguna vez fue, y que hoy se ve condenado contra una reja al oprobio y la vergüenza de sentarse sobre su propio recuerdo y sus principios como si nunca hubieran significado nada.

Señor García, usted probablemente nunca leerá esto, y eso me da pena. Me da pena que nunca se enterará de la vergüenza que siento, de la rabia e impotencia de pensar que usted, en la maniobra más cobarde que jamás le habría podido esperar, decidió ser juez, jurado y verdugo, decidió estar por encima de la vida y de la muerte y decidió jugar a ser Dios con las vidas de los hombres y las mujeres del Perú.

Desde esta modesta tribuna mi total simpatía para con las personas atacadas la tarde de ayer; si no fuera por diferencias menores, yo habría podido ser una de ellas. Desde esta modesta tribuna, no esperaría menos que la renuncia de todo aquel ministro que comparta la misma vergüenza nacional, y no quiera cargar el lastre de la historia sobre su espalda.

La muerte entró en Palacio; llevaba la banda presidencial.

UPDATE: Algunas novedades y nuevas fuentes sobre el tema: el tema ha sido recogido por, entre otras fuentes, El Comercio. El blog El útero de Marita tiene más detalles al respecto, incluidos vínculos a otras fuentes y, de particular interés, fotos de lo sucedido. Como por ejemplo esta foto de mi amiga Lili perseguida por la policía: