Hace tiempo y varias veces y he comentado sobre el vacío que existe, en general, entre la filosofía (hablando desde mi experiencia personal) y la tecnología, en particular las tecnologías de la información. Digo “en general”, porque obviamente esto no se da en todos los casos, y hay contraejemplos muy significativos e importantes. Pero estuve pensando un poco en esa separación, y en las nuevas habilidades que hoy son cada vez más necesarias para participar de discusiones que a menudo se dan en múltiples formatos y contextos al mismo tiempo. Así que se me ocurrió compilar estar pequeña lista de habilidades tecnológicas que, a mi humilde juicio, un filósofo debería manejar con mediana competencia para formular un mensaje, participar de discusiones y, sobre todo, para poder comunicar y enseñar diferentes ideas. Aunque lo pienso desde el punto de vista de la filosofía, creo que esto en realidad se aplica para muchas otras disciplinas.

  • Blogs. ¿Tienes uno? ¿Por qué no? Creo que hay muchas ventajas a tener un blog, aunque debo admitir que aquí hay un poco de contrabando ideológico: el tipo de pensamiento que facilita un blog es uno fragmentado, progresivo, en constante construcción y revisión. Dudo mucho que Kant habría bloggeado a través de su periodo crítico, por ejemplo, en el cual se dedicó a construir grandes catedrales de conocimiento. Un blog, en cambio, es como un laboratorio conceptual, donde uno va soltando ideas, discutiéndolas con otros y refinando los conceptos. Y lo obliga a uno, también, a aprender a hablar en un lenguaje más accesible, menos técnico y oscuro. Cosas que uno debería saber: crear un blog (al menos en un servicio como Blogger o WordPress), actualizarlo, moderar comentarios. Los más osados pueden jugar con el estilo visual.
  • Manejar videos en YouTube. Si no tienes una cuenta en YouTube, créala. Eso te permite marcar videos como favoritos y ordenarlos en listas de reproducción, con lo cual puedes mantener un archivo de videos interesantes que vayas encontrando – por ejemplo, puedes recopilar una lista de las conferencias disponibles en línea dadas por un autor o sobre un tema. También es importante saber bajar videos de YouTube, usando una herramienta como TubeMaster++, que luego se pueden utilizar para reproducir en un salón de clase, o dentro de una presentación. Además, deberías también saber subir un video a YouTube. Lo cual me lleva a…
  • Capturar y editar video. Esto ya es un poco más exigente, pero ahora cualquier celular o cámara de fotos también toma video. Acá lo que importa es saber subir el video a la PC, hacerle algunos arreglos menores (por ejemplo, cortar un pedazo relevante), guardarlo y comprimirlo en un formato amigable para que luego pueda subirse a un sitio como  YouTube. Casi todo lo que necesitas para esto probablemente lo tienes ya: la cámara, y un software como el Windows Movie Maker que viene por defecto con Windows (o el iMovie en la Mac). ¿Por qué querrías crear video? Puedes grabar conversaciones, presentaciones, sesiones de clase, en un formato fácil de manejar y usualmente más efectivo que el texto solo.
  • Seguir blogs usando fuentes RSS. El formato RSS es un formato de sindicación – es decir, es una fuente que envía una notificación cada vez que un blog o un sitio de noticias se actualiza. Usando un lector RSS, uno puede mantenerse actualizado con las novedades de cientos o miles de blogs y sitios web, sin la necesidad de visitarlos todos individualmente. Quizás la manera más fácil de utilizar esto es con el lector RSS de Google, el Google Reader, que es además uno de los mejores.
  • Descubrir y ordenar fuentes de información. Hay dos cosas aquí recomendables, además del RSS que ya mencioné. Lo primero es utilizar un servicio de marcadores sociales, como Delicious, que le permite a uno marcar sus favoritos y guardarlos en línea (de modo que uno puede usarlos desde cualquier computadora). Pero además, uno puede etiquetar sus sitios web favoritos con diferentes categorías, y también ver quién más ha marcado ese mismo sitio como favorito y qué categorías le ha puesto. El resultado es que puedo ver qué otros sitios favoritos tienen otras personas bajo las categorías que a mí me interesan, con lo cual uno termina descubriendo todo tipo de nuevas fuentes. La otra gran fuente de información es, por supuesto, …
  • Twitter. Hay muchas razones por las cuales uno podría twittear, o al menos por las que uno debería saber de qué se trata. Pero me concentro en una: Twitter es quizás la manera más rápida y efectiva de descubrir información. Uno simplemente debe dedicarse a cultivar una lista de personas a seguir que tengan más o menos los mismos intereses, y rápidamente estará descubriendo todo lo que ellos comparten con sus seguidores. Twitter ha desplazado en gran medida a muchos otros canales para compartir y descubrir información. Bonus points por utilizar un cliente Twitter de escritorio como TweetDeck, que además les permitirá organizar sus contactos en grupos, y hacerle seguimiento a términos de búsqueda en la red de Twitter (p.ej., muéstrame cada vez que aparezca un tweet que mencione la palabra “filosofía”).
  • Hacer y compartir buenas presentaciones. La clave aquí es “buenas”. Mucha gente se queja del Powerpoint, pero en verdad, mucha gente lo usa terriblemente mal (a mi humilde juicio). Así que uno debe esforzarse por preparar una buena presentación visual, diseñada como presentación visual y no sólo como una extensión del discurso o del texto escrito. Hay muchas fuentes en línea con tips sobre cómo preparar presentaciones, pero en general, reglas como no usar más de 7 palabras por diapositiva, de no utilizar viñetas ni listas largas, de nunca copiar textos ni leer directamente de la diapositiva, y de utilizar una fuerte presencia gráfica (que no sea de las imágenes predeterminadas de Office), todo ello ayuda muchísimo a preparar una mejor presentación. Bonus points: comparte tus presentaciones en línea usando un servicio como Slideshare.
  • Crear recursos digitales. Esto suena bastante genérico y lo es, y tiene también mucho que ver con manejar un blog. La idea de manejar un recurso digital es aplicar un poco de todo lo anterior para algún propósito específico. Compilar enlaces, videos, blogs, artículos, referencias bibliográficas, sobre algún tema en particular. O empezar a mantener un wiki con información sobre algo que te resulte de interés, con el tema de un curso o con información sobre un autor o un texto. El objetivo de un recurso digital es crear y mantener una capa de intermediación entre el usuario interesado y el viejo oeste que es la web: realizar el trabajo editorial de verificar y asegurar la relevancia de lo que está siendo compilado. La utilidad y los beneficios de recursos de este tipo son altísimos, y es un trabajo relativamente fácil de hacer.

Estoy dando por descontado lo básico: usar la computadora, programas básicos como el Word, el Excel o el Powerpoint, manejo de Internet, correo electrónico, mensajería instantánea, navegación en la web, uso de buscadores como Google, etc. Sí, todo esto es lo básico, y lo que es lo básico se seguirá ampliando con cosas como éstas conforme vaya pasando el tiempo.

En fin, quizás vaya ampliando la lista si se me ocurren más cosas (de hecho creo que hay varias más, como para una segunda lista) y si se les ocurre algo más que deba ir aquí, inclúyanlo en los comentarios.

En general, asumimos que las organizaciones son de uno de tres tipos. Sabemos que hay organizaciones del sector privado, es decir, organizaciones que se organizan con fines de lucro, y ese objetivo último articula y le da sentido y cohesión a sus planes de acción. Es decir, básicamente, empresas. Sabemos también que hay, podríamos decir, organizaciones y organismos del sector público – todo lo que ocurre dentro del ámbito de un Estado. Ministerios, direcciones, jefaturas, y demás instancias y agencias que forman parte de la administración pública. Y sabemos, también, que hay organizaciones del sector social, es decir, organizaciones no motivadas principalmente por el lucro pero que tienen objetivos privados, muchas veces con un interés público pero sin ser parte del aparato estatal.

Esta manera de entender los tipos de organizaciones es, en general, la manera usual como lo hemos venido haciendo. O eres una empresa con fines de lucro, o eres parte del estado, o eres una organización social (usualmente definida negativamente, como No Gubernamental, o como Sin Fines de Lucro). Obviamente, estas organizaciones actúan entre sí de diferentes maneras, y existen por diferentes razones y motivaciones. Según la teoría económica clásica, y el liberalismo que suele ir de la mano, el sector privado y sus organizaciones existen porque existen demandas y necesidades de la sociedad suficientemente grandes que justifican la inversión en satisfacerlas. La inversión se ve justificada porque generará retornos que no solamente cubren la inversión, sino que generan beneficios y utilidades para los inversionistas. Si una necesidad no es lo suficientemente relevante para la sociedad como para pagar por ella, no existen los incentivos para que en el sector privado surja una organización que atienda a esta necesidad.

El sector público tiene un mandato más allá de los beneficios particulares. Es decir, hay necesidades sociales que necesitan atención, aunque no generen utilidades. Así que tenemos al Estado para encargarse de eso. Pero, además, hay necesidades existentes que el Estado es incapaz o no tiene el interés de atender – para lo cual surgen organizaciones privadas que buscan responder a estas necesidades de orden público, desde el sector social. Esto no pretende ser una gran deconstrucción organizativa ni un modelo teórico consistente, son sólo algunas percepciones generales de dónde encaja cada cosa.

La cuestión se pone interesante por lo siguiente (y pueden echarle la culpa a Clay Shirky): nuevas tecnologías de la comunicación modifican los costos de transacción que se requieren para organizarnos colectivamente, cualquiera sea nuestro fin o nuestra motivación. Lo cual genera, a su vez, que las interacciones y separaciones tradicionales entre distintos sectores se vuelvan un poco más permeables o porosas. O dicho de otra manera, que los espacios de interacción empiecen a poblarse por nuevos tipos de organizaciones y modelos antes no considerados, que aparecen hoy porque la reducción de costos de organización abre el espacio para experimentar con nuevas posibilidades (simplemente porque es más fácil). Lo cual nos pone en una posición en la cual podemos repensar nuestras concepciones organizacionales para describir un poco mejor el tipo de interacciones que empezamos a encontrar.

Nuestro modelo aparentemente simple empieza complicarse un poco. Aparecen organizaciones sociales que desarrollan modelos de negocios para buscar la sostenibilidad financiera, junto con empresas que fortalecen su lado de inversión social en diferentes ámbitos. Alianzas entre el sector público y empresas por algún interés colectivo, o firmas que interactúan con el Estado para promover intereses del sector privado. O también, organizaciones sociales cuyo objetivo gira en torno a influenciar políticas públicas de alguna manera, grupos de interés para organizar colectivamente intereses particulares, partidos políticos (¿?), think tanks. Y al mismo tiempo, tenemos también organizaciones que no encajan bien propiamente en ningún lugar, o que desafían de una manera muy ornitorrínica nuestras categorizaciones. Los medios de comunicación, por ejemplo, organizaciones (o individuos) privados pero con un objetivo claramente orientado hacia el público y de interés colectivo, o las instituciones educativas, o incluso también los servicios financieras, que aunque son organizaciones privadas terminan siendo de alguna manera el combustible que hace que todo lo demás pueda operar.

De todo eso, la figura empieza a poblarse y complicarse considerablemente.

Todo esto es un poco culpa de Yochai Benkler, también.

De entrada, hay algunas preguntas puntuales que me empiezan a interesar. Primero, la pregunta por la manera cómo estamos “remixeando” diferentes tipos de organizaciones para formas tipos completa o parcialmente nuevos, que no habríamos podido realmente concebir hace unos años. Por lo mismo, creo que hay ciertos supuestos sobre esta manera de visualizar las interacciones organizacionales que podríamos reconsiderar. Por ejemplo: ¿el posicionamiento en este espectro es una cuestión discreta, o continua? Es decir, tengo que tener una organización privada, pública o social, o puede ser, digamos, 40% privada, 40% social y 20% pública? ¿Tiene sentido pensar en esos términos? ¿Tiene sentido, quizás, ampliar también el espectro e incluir nuevas categorías?

Por otro lado, tampoco es descabellado pensar en organizaciones, o compuestos organizacionales, que se ubican en múltiples lugares del espectro al mismo tiempo.

No quiero ponerme en un afán loco de crear categorías, simplemente intento entender mejor las interacciones para entender, también, cómo funcionan los nuevos espacios que se abren. Benkler habla en The Wealth of Networks (que estoy leyendo ahorita) de formular una “theory of networked publics”, una teoría de lo público interconectado, o algo así – es un poco difícil de traducir, más aún de explicar. Lo cual tiene mucho que ver con una reformulación de la teoría del espacio público, o del espacio de la sociedad civil, y del espacio organizacional en general, a partir de cómo se ha visto transformado en gran parte (aunque no sólo) por el cambio tecnológico. Hay ciertos costos respecto a lo que podíamos hacer frente a lo que podemos hacer ahora que hace posible que nuevas maneras de organizarnos surjan casi espontáneamente – redes espontáneas pueden surgir en cualquier momento porque existen una infraestructura técnica y social que sirve como el caldo de cultivo para ellas. Redes espontáneas pueden surgir, por ejemplo, para organizar el envío de ayuda a Haití, o los esfuerzos para buscar desaparecidos por las lluvias en Cuzco. Estas redes espontáneas son organizaciones de gente, aunque puedan no estar inscritas en registros públicos, con fines, motivaciones, lógicas métodos propios. Muchas de ellas se desarticulan tan rápidamente como surgieron, sea porque no funcionaron o porque cumplieron sus objetivos. Las expectativas que tenemos sobre estas nuevas formas de organización cambian también.

Y cambia la manera como nosotros mismos formamos parte de estas redes espontáneas y nuevas formas de organización, y el ethos cultural que las rodea.

Me quedan muchas preguntas aún, son algunas ideas sueltas con la esperanza de ir refinando un modelo. ¿Dónde queda, por ejemplo, una organización como Facebook, siendo privada, pero brindando un servicio semi-público de redes sociales que no les “pertenece” del todo? (Recuerden que el contenido publicado en Facebook pertenece a los usuarios que lo crean – allí donde lo hayan creado.) No lo sé. Pero es interesante.

Esta mañana encontré varios blogs que hablaban sobre el aniversario de Lima, y bueno, la mayoría de ellos coinciden en lo débil e insuficiente de la gestión de Luis Castañeda (lo cual contrasta perturbadoramente con el nivel de aprobación pública de su gestión).

Personalmente, la gestión de Castañeda me parece un desastre por lo desperdiciado de las oportunidades, por lo lineal de las soluciones, por la ausencia de total de soluciones innovadoras y sistemáticas. El actual alcalde parcha la ciudad allí donde hay problema, y la parcha siempre de la misma manera, es decir, tirando concreto sobre el problema en la forma de pistas, obras viales, escaleras, y demás. No me malentiendan: entiendo perfectamente la necesidad, y probablemente urgencia, de todas estas cosas. Pero son soluciones que, si las pensamos un poco, no resuelven propiamente los problemas de fondo.

De hecho, evidencian varias cosas. En primer lugar, que no escapamos a los remanentes del positivismo en nuestra sociedad, y Castañeda menos aún. El público exige progreso, desarrollo, y eso es sinónimo, en términos materiales, de concreto, de asfalto. El cemento es ampliamente asociado con un indicador de progreso, de que las cosas se están edificando y son sólidas. De allí que el primer instinto que vemos suele ser el de arrojar concreto a los problemas pues lo entendemos como si algo estuviera mejorando. Es interesante que, en zonas de la ciudad más económicamente privilegiadas donde la valla del concreto fue superada hace tiempo, la lógica del progreso y el desarrollo ha sido reemplazada por otro elemento material directo: los adoquines. Los alcaldes de, por ejemplo, San Isidro o Miraflores, ahora tienen la obsesión de levantar pistas completamente funcionales para decorarlas con adoquines que, aunque menos funcionales, se ven mejor. Son el siguiente paso. Es algo así como una forma de demostrarle al resto de la ciudad que, aunque todos pueden estar tirando concreto, ellos pueden darse el lujo de levantar el concreto y poner adoquines. Porque sí, porque les da la gana.

Lo otro que evidencia, en la misma línea, es la absoluta linealidad de las soluciones. Es decir, los problemas urbanos en Lima, particularmente hablando de la gestión de Castañeda, se entienden como simples relaciones de causa y efecto. Hay un problema, digamos, el tráfico en una zona de la ciudad. Si aplicamos una obra vial aquí, el problema desaparecerá. Es tierno, pero ingenuo e impreciso. La misma lógica cuasipositivista del concreto y los bypasses y las vías expresas se reflejan en la ausencia de una concepción orgánica, sistémica de la ciudad. Entender la ciudad prácticamente como un organismo, donde todo está conectado y los cambios en un lugar significan siempre cambios muchas veces imprevistos en otro lugar. Lo que muchas veces se expresa cuando decimos que no hay un plan para Lima, que no hay una política urbana. Bueno, viene más o menos de lo mismo: antes que una política urbana, falta una lógica y una concepción de lo que Lima significa, integradamente, como ciudad.

De allí se desprenden una serie de oportunidades desperdiciadas, o nuevos problemas generados. Seguimos tendiendo pistas y caminos para autos, a pesar de que no renovamos el parque automotor ni proponemos alternativas al transporte público. Esto no es coincidencia: es construir una sociedad como la estadounidense, de individuos atomizados con poca interacción entre ellos. Salgo de mi casa, subo a mi auto, voy al trabajo, salgo del trabajo, subo a mi auto, voy a mi casa. Nunca me veo obligado a enfrentarme, a relacionarme con los demás. Aunque compartimos el espacio, no estamos dentro de él juntos, sino tan sólo en simultáneo (que no es lo mismo).

Pero las obras viales son fáciles, la gente las entiende rápido y proveen beneficios electorales. Pero eso quiere decir que más autos son necesarios para usarlas, porque no hay alternativas. Lo cual, además de las consecuencias culturales del aislacionismo y la exacerbación del individualismo, quiere decir también un pasivo ambiental. Es testimonio supremo de la desconexión de Castañeda con la realidad que, en una época donde la preocupación ambiental y climática es tan central, él siga tendiendo pistas para autos cuya contaminación agregada significa agravar un problema que nos afecta directamente.

¿Y qué alternativas existen? Bueno, ninguna, realmente. El Metropolitano se construye siguiendo la misma lógica lineal, que no entiende la ciudad en su conjunto. Vivimos en una ciudad de casi 10 millones de personas, que requiere de transporte público masivo y accesible, una solución difícil y de largo alcance como un metro, pero que requiere de pensar el problema distinto. Igualmente, si han tenido oportunidad de circular por la ciudad en bicicleta, o caminando, se habrán dado cuenta de la enorme falta de infraestructura para esto. Las veredas, los cruces, los puentes, simplemente no favorecen la idea de que alguien camine por la ciudad (con contadas excepciones), lo cual es una enorme oportunidad desperdiciada. Aquí entra a tallar, además, el problema de la seguridad ciudadana. Con lo cual, de nuevo, todo obliga al ciudadano a pensar en autos, en transporte urbano entendido desde una única dimensión, sin mayores alternativas.

Hace tiempo, en el blog del curso de Filosofía Moderna que dictamos el semestre pasado en la PUCP, escribí un post sobre la relación entre los ideales de la modernidad y nuestra concepción de la ciudades. La cuestión va más o menos por la misma dirección: una ciudad de estas dimensiones, en esta época, requiere de una lógica y una concepción diferente a la concepción lineal, acumulativa, progresiva que aprendimos con la modernidad. No, no es que necesitemos una ciudad posmoderna (que en muchos sentidos uno podría decir que es lo que tenemos), sino que tenemos que pensar la ciudad de manera distinta. Lo cual, además, no es tanto por un imperativo moral, sino porque nos conviene, sobre todo en este momento, pues nos permitiría hacer de Lima algo radicalmente diferente.

Feliz cumpleaños, Lima.

O lo que sería bueno que esto se vuelva, apuntes preliminares sobre ética y estética hacker. En un sentido amplio, o mejor dicho, en un sentido que aún debe ser precisado. Para un poco más de antecedentes, pueden revisar los textos que mencioné hace un tiempo sobre el tema, textos clásicos sobre los que vale la pena volver.

O, también, la propedéutica a la plasticidad de la realidad. Pero vamos por partes.

Primero, quiero rescatar uno de los pasajes que cité antes también, del texto How To Become A Hacker, de Eric Raymond. El pasaje en cuestión dice:

1. The world is full of fascinating problems waiting to be solved.
2. No problem should ever have to be solved twice.
3. Boredom and drudgery are evil.
4. Freedom is good.
5. Attitude is no substitute for competence.

Lo primero a lo que deberíamos llegar con esto es a la desmitificación de la idea del hacker que la reduce al pirata informático, al criminal que haciendo uso de su conocimiento de la tecnología roba identidades, desfalca bancos, explota compañías de tarjetas de crédito y etc. Esta imagen se popularizó mucho en los noventas a partir de las representaciones mediáticas de una serie de casos de perfil alto y, en general, a partir de la incompetencia generalizada de los medios tradicionales para comprender y comunicar el mundo informático que se estaba gestando.

Pero desde los años ochenta, la cultura hacker que se fue forjando era en realidad muy distante de esa imagen, y está más en la línea de lo descrito por Raymond. Los hackers no hackeaban la tecnología con propósitos comerciales o criminales, sino que lo importante del hackear era entender cómo una tecnología funcionaba, y hacerla funcionar de maneras que no habían sido previstas. Durante la prehistoria informática, toda la tecnología estaba allí para ser modificada a voluntad por aquel que tuviera las ganas y el conocimiento para hacerlo. Recién cuando los avances tecnológicos empiezan a salir de los laboratorios de investigación y a encontrar aplicaciones comerciales es que empiezan a establecerse restricciones al conocimiento y a la libertad para jugar con la tecnología a mi gusto – a pesar de que la cultura subyacente, además, ya se había formado con estas ideas también.

Tomemos el punto 1 de Raymond, por ejemplo: “El mundo está lleno de problemas fascinantes que están esperando ser resueltos”. La concepción de la tecnología (y podríamos decir del mundo en general) que desarrolló la cultura hacker fue de una realidad que no está ahí para ser utilizada, para seguir las instrucciones. La tecnología está ahí para ser desarmada, entendida, mejorada, compartida. No somos simplemente consumidores de objetos en el mundo, sino que participamos con ellos, los integramos en nuestra vida y al hacerlo estamos legitimados para explorarlos, transformarlos.

Pero la caracterización de Raymond está, y esto me parece interesante, desprovista de cualquier objeto específico. Está el mundo, y están los problemas fascinantes. De cualquier tipo. Lo cual, me parece, nos permite extender la actitud del hacker más allá (pero no al margen de) la tecnología. El mundo, en general, está lleno de problemas fascinantes de todo tipo, que están esperando ser resueltos de una u otra manera. La actitud del hacker puede aplicarse a todo tipo de dimensiones, de objetos, de problemas, pues consiste no tanto en el hecho de jugar con tecnología, sino consiste más aún en concebir la realidad de una manera plástica. Plástica en el sentido de la plastilina, plástica como que podemos ejercer influencia sobre ella, transformarla según visiones alternativas, y no tenemos que aceptarla simplemente como algo dado, que consumimos.

De alguna manera, si nos ponemos un poco filosóficos, es como decir que la realidad misma está allí, esperando ser hackeada.

A pesar de que comúnmente manejamos la noción de que las emociones son en alguna medida “puras”, algo que nos “afecta” (afecciones, pasiones) más allá de nuestra voluntad y racionalidad, en la práctica la cuestión se muestra un poco más compleja. Nunca sentimos emociones puras, o puramente. Sino que, más bien, parece ser el caso de que incluso nuestras emociones están mediadas tanto cognitiva como culturalmente.

Por poner un ejemplo simple, las emociones que sentimos dependen de nuestro conocimiento sobre los objetos hacia los cuales están dirigidos. Para sentir odio contra alguien, debo tener alguna noción o idea de que esa persona me ha hecho algún tipo de daño, por ejemplo. Si ese conocimiento cambia – si descubro, por ejemplo, que fue todo un malentendido, o que otra persona fue la causante del año – es lo más probable que esa emoción se diluya y sea reemplazada por otra.

Algo similar ocurre con la mediación cultural, que es lo que más me interesa aquí. Gran parte de nuestro aprendizaje es, propiamente, aprendizaje emocional también – cómo es que aprendemos a lidiar con estas cosas raras que sentimos que llaman emociones. Este aprendizaje se da social y culturalmente: nuestra cultura y nuestro contexto establecen los patrones y marcos dentro de los cuales sentimos diferentes cosas. El espectro de emociones que sentimos termina definiéndose así, en gran medida, culturalmente, aún cuando las emociones en sentido neuroquímico puedan ser las mismas. Asignamos diferentes sentidos y significados según cómo hemos aprendido culturalmente a interpretar nuestras emociones.

Siguiendo la misma línea, en la medida en que el proceso de construcción cultural es, crecientemente, un proceso que pasa por los medios de comunicación (un proceso mediado, o más bien mediatizado), los medios terminan ejerciendo una enorme influencia sobre aquello que sentimos y cómo lo sentimos. No lo hacen arbitrariamente ni se lo sacan del sombrero – obviamente los medios no pueden más que cristalizar cosas y patrones de conducta que vienen de la cultura misma. Pero al elevarlos al grado de masividad, al ponerlos en la pantalla, elevan ciertas formas de sentir a un nivel diferente.

Estuve pensando esto a partir de una conversación con una amiga, que me decía que quería demandar a Disney por destruir su capacidad para formar relaciones normales (o algo que iba por esa línea). Su argumento era que las películas de Disney la habían convencido de que las relaciones de pareja tienen una cierta fórmula que empieza mal, sigue peor y termina muy feliz, luego de que el hechicero o la madrastra son eliminados de la historia, y luego el popular felices por siempre. Pero en la vida real eso no pasa, o pasa muy poco como para ser relevante. Mientras tanto, sus expectativas emocionales se han configurado a partir de un patrón completamente distanciado de su experiencia real. Lejos de ser un caso excepcional, un poco de investigación me hizo toparme con este grupo de Facebook: 134 mil personas que consideran que Disney les ha creado expectativas irrealistas sobre el amor. Y no es el único grupo de ese tipo. Es cierto, suena gracioso, pero no deja de generar cierta curiosidad: 134 mil personas que están de acuerdo con esa afirmación en alguna medida.

¿Quiere decir esto que Disney debería estar prohibido de generar estos patrones de conducta? No, tampoco va por ahí, porque de nuevo, no es culpa de Disney. Disney coge algo que ya está en la cultura y lo lleva a otro nivel, quizás. Pero puede, por lo menos, darnos una noción más clara de por qué sentimos lo que sentimos y cómo lo sentimos: los espectros emocionales dentro de los cuales nos movemos son construidos así, socialmente. De la misma manera como aprendemos qué emociones sentir en qué momento frente a qué situaciones. Aunque siempre hay un fuerte componente, digamos, positivo en el asunto – hay ciertas situaciones y causas que generan ciertos efectos específicos en términos de generación de neurotransmisores, por ejemplo – aún ese componente positivo es procesado a través de un filtro cultural para adquirir significado. Así aprendemos que hay ciertas cosas frente a las que tenemos que estar tristes, y ciertas otras frente a las que tenemos que estar felices, y estar tristes y felices, además, son emociones que se sienten, expresan y comunican de ciertas maneras puntuales.

Lo que en verdad me gustaría es conseguir que más gente termine siendo un poco más crítica.

Para eso tengo un blog, y escribo en él. No, en verdad lo hago por muchas razones, y la más importante de ellas es un ejercicio egoísta. Pero en un mundo ideal, este ejercicio egoísta resulta en que alguien, de alguna manera, termina aquí, lo lee, y no se trata de que me crea, ni de que esté de acuerdo conmigo. Sino, simplemente, de pensar algo como “no había pensado en eso antes”, o “no me había dado cuenta de que eso era un problema”. No, no pretendo mostrar ningún camino, ninguna verdad ni nada por el estilo. Sólo mostrar que, si nos ponemos quisquillosos, el mundo está lleno de problemas que están esperando ser resueltos, y allí donde no los hay, podemos crearlos. Y que hay un valor, muchos valores en realidad, alrededor de ponernos quisquillosos. Pesados, antipáticos. Filosóficos.

Eso es también lo que pretendo hacer cuando dicto clases. Porque, finalmente, lo más probable es que mis alumnos terminen olvidando la gran mayoría de lo que les enseñé, pocas semanas después de dar su examen final. Y bueno, así pasa cuando sucede. Así que, finalmente, si hay algo que realmente quiero que aprendan es que hay capas y capas de complejidad que se esconden detrás de lo que parecen ser cosas completamente superficiales. Que el mundo que nos rodea, aún cuando parece trivial, está ahí esperando ser descompuesto, analizado, perturbado un poco por nuestras preguntas, y que vale la pena perturbar el mundo con nuestras preguntas, que podemos encontrar respuestas interesantes. Si después de un mes no recuerdan el contenido de una lectura, bueno, será una pena, pero si recuerdan el hecho de que deben ser críticos y analíticos frente a nuevos problemas que encuentran, y saben encontrar la manera de hacerlo, ahí sí siento que he conseguido algo con ellos.

Por alguna razón empecé a pensar en esto, y recordé un pasaje de Kierkegaard que me gustó mucho la primera vez que lo leí, en Migajas filosóficas:

Desde la perspectiva socrática, cada punto de partida en el tiempo es eo ipso algo contingente, insignificante, una ocasión. El maestro tampoco es más que eso y, si se da a sí mismo o da su enseñanza de otra manera, entonces no sólo no la da, sino que la quita y, en ese caso, ni es amigo del discípulo ni muchísimo menos su maestro. Ésta es la profundidad del pensamiento socrático, ésta es la noble humanidad por él escrutada, sin entrar en mala ni vana compañía con las grandes cabezas, sino dando la impresión de hallarse íntimamente unido a un curtidor; por eso “pudo convencerse tan pronto de que la física no es cosa del hombre” y, por eso mismo, comenzó a filosofar sobre ética en los talleres y en las calles, aunque filosofó de modo absoluto, quienquiera que fuera aquel con quien hablaba.

Creo que lo que Kierkegaard intenta rescatar de Sócrates, que además guarda mucha similitud con otro texto, Sócrates y el concepto de ironía, es una forma de conocimiento que no es propiamente conceptual, o en todo caso, cuya enseñanza no es simple transmisión de información. No se trata de que, al enseñarte algo, tú tengas en tu cabeza los mismos contenidos que yo tengo en la mía. El aprendizaje, cuando se interioriza, tiene que ser él mismo apropiación del contenido, de la información: no es solamente un mismo contenido que se reproduce, sino una experiencia que es re-producida a partir de la experiencia del que aprende.

Pero en cambio, lo que estamos acostumbrados, industrial y linealmente, a hacer, es asegurarnos de que la mayor cantidad de gente pueda demostrar que los mismos contenidos han sido fielmente reproducidos en sus cabezas. Lo cual estaba muy bien, quizás, para la era industrial. Pero más allá del industrialismo, podemos pensar que aprender, y enseñar, y compartir información es más que eso. No es tanto la jerarquía del que sabe frente al que no sabe, sino más bien la colaboración del que tiene algo que compartir con otro que, socráticamente, aprovecha la ocasión, como diría Kierkegaard, para recorrer el mismo camino. Cuando queremos realmente enseñar algo, compartir algo, nos enfrentamos al desafío hanselgreteliano de dejar un camino de migas de pan para que el otro lo pueda seguir por sí mismo, no que nosotros le demos un mapa y le digamos que llegue a tal o cual destino.

Quizás, por algo parecido, algo por el estilo, es que escribo aquí, o que doy clases, o que intento compartir también algo que, por alguna razón, me termina pareciendo interesante.

Una de las cosas que me propuse al empezar el 2009 fue aprender a mezclar música. Por supuesto, como muchas otras cosas que me propuse, fracasé rotundamente. Pero no importa, algo aprendí al respecto, al menos tengo una idea más clara de lo que significa y por dónde empezar – si tuviera un poco más de tiempo libre, o si administrara mejor el que tengo, quizás podría haber avanzado más.

Este año, un poco neciamente he decidido reincidir sobre este despropósito y con suerte podré avanzar un poco más y estar en condiciones de mostrar algo para mediados de año. Al menos ése es el objetivo. He probado varias cosas, sobre todo jugando con Virtual DJ en la PC e intentando aprender a usarlo decentemente, armando más o menos la lista de canciones que quiero mezclar pero todavía no consigo del todo dominar todo este asunto del beatmatching y que la cosa suene más o menos al mismo ritmo. Ah, y tampoco he conseguido configurar el equipo de modo que me permita tener una salida principal y una salida de monitor para los audífonos, para preparar la siguiente pista.

Ahora he instalado Virtual DJ también en la laptop, pero principalmente ahora quiero dedicarme a aprender a manejar el Ableton Live 7. Es un software mucho más profesional y complejo, pero en fin, si ya voy a dedicarle tiempo a esto mejor, creo, aprender a utilizar una mejor herramienta. Es algo así como dos pasos adelante, uno atrás. Al menos hasta el Ableton muestra ser mucho más potente y tener muchas más opciones – incluso me tienta la opción de conseguirme un controlador MIDI externo, especialmente diseñado para el Ableton, que permite controlar el lanzamiento de las pistas y la configuración del audio mucho más fácilmente.

¿Nada de esto tiene ningún sentido? No importa, quizás cuando haya avanzado algo pueda tener algo que mostrar.

El año pasado también fue el año que empecé a jugar a armar pistas con GarageBand. Es un software realmente increíble, me encanta, a pesar de que sí, soy pésimo utilizándolo. Pero en fin, algunas de las pistas que armé con instrumentos sintetizados las he ido subiendo a una página en PureVolume, así que si sienten mucha curiosidad y un poco de masoquismo pueden entrar a oírlo. Ahora he conseguido conectar la guitarra eléctrica a la laptop para pasar la señal por el simulador de amplificadores y efectos del GarageBand, con lo cual salen cosas espectaculares. Y en los próximos meses quiero jugar también un poco más con el MasterStrokeDS, un emulador de chip de audio para hacer chiptunes con el Nintendo DS. Es divertido, y estéticamente cuestionable (en el mejor de los sentidos de lo cuestionable).

En fin, si alguien tiene tips que quiera compartir son más que bienvenidos, yo sigo estando bastante perdido en el mundo.

Un par de ideas relacionadas, siguiendo con el hilo de ayer.

La primera es culpa de Kant: la idea del sujeto, y lo extiendo freudianamente, la idea del yo, de la identidad de uno mismo, como una idea regulativa. Es decir, no es propiamente que conozcamos al yo, o a nuestra propia identidad, por sí misma, porque no podemos tener una experiencia fenoménica del yo en su conjunto, sino que el yo es una idea que nos sirve para describir más o menos exitosamente la totalidad de los fenómenos del mundo interno. Como conjunto que no podemos experimentar, lo tratamos como un “yo”.

La segunda va por el mismo lado, creo, o eso intenté argumentar una vez en un trabajo sobre el carácter sistemático de las ideas en Kant. Bueno, la cuestión es así: el yo, propiamente, no existe, o no existe previamente. ¿Previamente a qué? El yo es, más bien, algo así como una condición emergente de nuestros diferentes comportamientos. Nuestras maneras de actuar no son necesariamente consistentes entre sí, aunque mantienen ciertas familiaridades. A partir de esas familiaridades empezamos a describir algo así como el yo, una idea que surge de sus partes componentes -nuestras diferentes maneras de comportarnos- pero no se reduce a ninguna de ellas específicamente. El yo surge del comportamiento, ayuda a darle cierta consistencia para poder describirlo, pero no existe propia ni previamente.

Qué pastel.

Una idea sobre la que termino volviendo constantemente es este problema del “yo”. La cuestión es que cada vez me convenzo más de que el yo propiamente no existe. O es mucho más complejo de lo que nos gustaría que lo fuera. Decir que somos un yo, una identidad, unitaria, internamente consistente, capaz de ser articulada discursivamente más o menos claramente utilizando nuestra racionalidad y voluntad, es algo que me resulta cada vez menos convincente.

En cambio, me veo cada vez más llevado a la idea de que no, que somos muchos, que somos algo así como una comunidad política, cada uno de nosotros, negociando e intentando de alguna manera llevar adelante intereses contrapuestos, diferentes expectativas, rivalidades, y demás conflictos internos que más claramente parecen describir la manera como nos comportamos.

Es difícil de comerse esta idea, y difícil de aceptar, porque estamos acostumbrados, muy acostumbrados, a la idea de que yo soy uno, soy éste, y éste está más o menos en control de sus deseos e intereses e ideas, aunque a veces puedo fallar un poco. Pero cada vez esto me parece menos descriptivo de cómo nos comportamos. Y eso tiene una serie de implicaciones, sociales, psicológicas, legales, bastante complicadas.

El 27 de noviembre es una fecha especial para mí, que tengo marcada en el calendario. Es el día en que Castor Ex Machina cumple años. Y es particularmente especial porque de una u otra manera e ido pensando aquí. Mis ideas de los últimos ya tres años están puestas aquí con mayor o menor complejidad y claridad. Así que celebrar el aniversario de este blog siempre es una cuestión de sentimientos encontrados, de ver atrás pero también de ver hacia adelante y ahora pasarse un poco de vueltas porque son tres años tres.

Siempre recomiendo a todo el mundo que bloggee. Aunque no sea por una cuestión de construir una gran audiencia, aunque no sea por decir muchas cosas, simplemente porque el proceso de poner las ideas en posts, e intentar refinarlas con el tiempo, es un buen proceso para esclarecer ideas, encontrar conexiones, y demás. Por eso luego, en fechas simbólicas como ésta es interesante volver sobre los archivos para encontrar qué pensaba antes… cómo se relaciona con lo de ahora…

En fin. Ésta es nada más una pequeña nota para eso. Para contar que CxM tiene hoy tres años, que es alucinante que los tenga, y que empiezen a bloggear, todos, right now.

@piscosour

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